¡RIIIING, RIIIING!

Cada vez que sonaba el teléfono se ponía cardíaco. Es obvio que no sabía utilizarlo y no era telefonista. Un día echó mano a la enciclopedia para maldecir al inventor y se encontró que ya el padre de Graham Bell, Melville Bell, había creado con anterioridad un método para enseñar a hablar a los sordos. Lo del padre lo perdonó, pero el invento del hijo le llevaba tan por la calle de la amargura que se hizo una especie de mandamiento para seguirlo a rajatabla: “El teléfono es mi servidor, lo tengo porque me conviene, no para la conveniencia de quienes me llaman. El teléfono no es el tirano al que tengo la imperiosa obligación de contestar en cuanto suena. Cuando esté realizando algo que requiera toda mi concentración, lo ignoraré. El teléfono es para acortar distancias, no para alargar conversaciones...” Tan ensimismado estaba redactando su pauta de conducta que no se percató de la media hora larga que llevaba su señora hablando por el aparato. Cuando colgó le preguntó: -”Cariño, ¿quién era?“. Ella contestó: -”No sé, se había equivocado”.

El pajarito Coñamón y sus secuaces