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El que la actividad política es algo público y sujeto a
críticas es innegable, y así debe de ser. Pero también
es una actividad humana a veces poco comprendida, necesaria y que reporta
importantes quebraderos de cabeza para el que la ejerce.
Decía hace unos días el Sr. Rubalcaba (PSOE), que un partido
político no puede llamar al consenso descalificando, imponiendo
e insultando al partido con el que quiere llegar a acuerdos. Y es algo
lógico, salvo que lo que se pretenda es lanzar cortinas de humo
populistas y dirigidas a los que realmente no entiende la política
como el sistema del pacto, de los acuerdos y del consenso.
Ripollet no es ajeno a esto, la proximidad, la visceralidad y los posicionamientos
cerrados, consiguen que y a pesar de teorías políticas próximas,
las formas personales y a veces cínicas nos impidan aceptarlos.
Y es que las formas son el todo de la cosa política y por supuesto,
de otras facetas.
Unos versos de Campoamor dicen que nada es verdad ni mentira: todo es
del color del cristal con que se mira. Cualquier conocimiento de la realidad
tiene la parcialidad de una cultura y de una época histórica
y el color subjetivo del punto de vista, de tópicos y prejuicios
más o menos conscientes. Algo que es cierto para uno, no lo es
para el otro.
Pues bien, cabría preguntarse qué tipo de cristal es el
que emplea el principal grupo de la oposición, para que todo lo
que es visible, palpable y objeto de aprovechamiento publico, para ellos
sea la negación de la política, la mentira y el escarnio.
El pragmatismo negativo del Compromís les lleva a equiparar mentira
con utilidad política, y en consecuencia al desencuentro con las
teorías del consenso, como medio de alcanzar la verdad.
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José
M. Izquierdo
(PSC)
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