La castaña y la memoria

El frío de noviembre invitaba a comer castañas. En la Rbla. de Sant Jordi veíamos al típico asador con su carrito y sus brasas. La gélida temperatura de antaño, por esta época, te incitaba a acercarte al rescoldo de la lumbre. En un cucurucho de papel te servían, previo pago, las típicas castañas asadas. Ahora, con lo del Estatut, las “castañas” se las están dando otros. Esos otros que están interesados en vivir políticamente del cuento... de “sus castañas”. Con mi cucurucho, me acerqué al Cementerio Municipal. Me cuentan que fuera del Camposanto, junto a la tapia, antíguamente daban sepultura a esas personas que, por la forma que llevaban o acabaron sus vidas, no tenían cabida en el santo recinto. Miro el lugar que me indican y compruebo que en esa zona algún memo histérico perdió la memoria histórica y mandó colocar un pipi-can. (“¡Pa cagarse!”). Dicen que cuando falla la memoria lo mejor es olvidar... ¿o tal vez no?

El pajarito Coñamón y sus secuaces