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Y LOS NOMBRES EN LAS CALLES (cap. 33 o los años de Cristo) |
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Kíkiriki.
Llegué al pueblo. El gallo cantó como cantan los gallos,
al amanecer. El primer día me alegré y sentí que
su kíkiriki ensanchaba mi vena poética. Al día
siguiente, el gallo volvió a cantar. -"¡Coño-me
dije- este bicho se sabe la hora de memoria!". Ya no me pude dormir
y encima se fue alejando mi cariño por el dichoso animal. Al
tercer canto del gallo, o sea, al día siguiente desapareció
mi amor por la poesía. Acudí a un vecino y le dije: -"Pedro,
¿aún tienes aquella escopeta que..?" Pedro lo negó
tres veces así. -"¡No, no y no!" Comprendí
que la tenía escondida... (la escopeta). Yo seguí jurando
en hebreo cada madrugada cuando el gallo de mi pasión kikireaba.
El pajarito Coñamón y sus secuaces |